EL MOLINO VIVE

Situación actual del Molino
La tarde del 15 de agosto de 2007, a las 6:40 p.m., hora local, el Perú fue sacudido por uno de los terremotos más devastadores de su historia reciente. El sismo alcanzó una magnitud de 7.9 grados y se prolongó por dos minutos y diez segundos que parecieron infinitos. En ese breve lapso, miles de hogares se desplomaron, más de 500 vidas se apagaron y alrededor de 1,600 personas quedaron heridas. El estruendo de los edificios al caer, el polvo que cubría el aire y los gritos desesperados pidiendo auxilio marcaron el inicio de una tragedia que dejó cicatrices profundas en la memoria colectiva.

Terremoto de Pisco
Entre los sobrevivientes, miles de familias fueron trasladadas al asentamiento humano El Molino. Allí, la vida se reconstruyó en viviendas precarias hechas de esteras, calamina y madera reciclada. El traslado no significó un nuevo comienzo, sino una prolongación de la emergencia: las noches se volvieron interminables sin agua potable ni desagüe, los días transcurrían entre calles de tierra que se convertían en polvo sofocante o barro intransitable, y la esperanza se mezclaba con la frustración de sentirse olvidados.
Los niños crecían jugando entre escombros y techos improvisados, mientras los adultos luchaban por conseguir trabajo, alimentos y atención médica en un entorno que parecía diseñado para la resistencia más que para la vida digna. La comunidad se sostuvo gracias a la solidaridad, pero también enfrentó el peso del abandono institucional y la indiferencia social.

Vida actual de las familias
Este proyecto transmedia busca rescatar esas memorias vivas, dar voz a quienes sobrevivieron y denunciar las secuelas invisibles de un desastre que nunca terminó. Porque el terremoto no solo destruyó paredes y techos: también expuso la fragilidad de un sistema que, hasta hoy, sigue dejando a miles en la incertidumbre.

Donaciones por parte del equipo
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